En el discurso cripto, las monedas estables aparecen a menudo como la bala de plata para arreglar las transferencias internacionales; la realidad es bastante más matizada. Mientras el lobby fintech promete una revolución tecnológica, los números muestran que buena parte de la disrupción en pagos transfronterizos ya está ocurriendo… y no necesita necesariamente blockchain.
Un problema caro, en busca de soluciones eficientes
A escala global, enviar una remesa de U$S 200 cuesta, en promedio, más del 6% del valor de la operación, según el Banco Mundial. Eso implica que, por cada U$S 200 que un migrante manda a su familia, más de U$S 12 se pierden en comisiones, spreads y estructuras anticuadas. Las empresas tampoco se salvan: las transferencias corporativas internacionales siguen enfrentando costos significativos, en un mercado dominado históricamente por unos pocos bancos y gigantes de remesas.
El tamaño del negocio explica el interés voraz por cualquier mejora marginal. Las estimaciones del volumen anual de pagos transfronterizos van desde unos U$S 200 billones, de acuerdo con FXC Intelligence, hasta un cuatrillón de dólares en un informe reciente del FMI. Son 15 ceros: incluso un recorte de unas décimas porcentuales en comisiones puede traducirse en ingresos multimillonarios para quien controle la infraestructura.
Stablecoins: promesa tecnológica bajo lupa regulatoria
Las stablecoins —tokens digitales cuyo valor se vincula a una moneda fiduciaria— se promocionan como una vía para abaratar drásticamente las transferencias, “usando mejor tecnología y eliminando intermediarios”. Las grandes fintech y la banca tradicional compraron parte de ese relato: Stripe y PayPal se muestran entusiastas, al igual que Bank of America y JPMorgan, que participan en la red de pagos interbancarios Zelle.
Sin embargo, el obstáculo no es solo tecnológico. Los costos relevantes en pagos internacionales surgen tanto del software como de la necesidad de cumplir normas contra el blanqueo de capitales y otras regulaciones. Por esa razón, el texto advierte que este es “probablemente el mayor desafío para las monedas estables”. Por diseño, las stablecoins deberían enfrentar “al menos algunos de los costos regulatorios” que hoy soportan los actores a los que intentan desplazar, lo que limita cuánto pueden recortar spreads y comisiones sin sacrificar márgenes o cumplimiento.
El espejo de Coinbase: tarifas que no desaparecen
El caso de Coinbase ilustra la tensión entre promesa y práctica. En su servicio “avanzado”, los usuarios podían comprar y transferir USDC —la stablecoin de Circle— “a un precio muy bajo, al menos en monedas de mercados desarrollados”. Pero un usuario nuevo, que ingresa por el flujo predeterminado, enfrenta otra realidad: paga “un diferencial de cambio del 0,5%, más una comisión de transferencia” para enviar el dinero a otra cuenta.
El recorrido no termina ahí. El receptor de esos fondos puede tener que pagar nuevamente para convertir la stablecoin a moneda fiduciaria. Es decir, la supuesta eliminación de intermediarios termina reemplazada por una cadena distinta de actores, pero con lógica similar de capturar valor a través de comisiones, diferenciales y fricción en la frontera cripto–fiat.
Wise demuestra que no hace falta reinventar la rueda
Mientras tanto, varias fintech han probado que se pueden reducir los costos de los pagos sin “inventar una tecnología completamente nueva y de alto consumo energético”. Wise, listada en la bolsa de Londres, movió 85.000 millones de libras en el semestre cerrado en septiembre, aplicando una tasa media de “poco más del 0,5%”.
La propia compañía se declara “agnóstica sobre el tipo de tecnología que utiliza” y afirma que usaría monedas estables “si abarataran las transferencias”. Hasta ahora, “no está convencida”. Su estructura de costos se apoya tanto en el cumplimiento regulatorio como en la optimización de software y sistemas heredados, demostrando que la eficiencia no depende exclusivamente de la cadena de bloques, sino del rediseño integral de procesos y de un modelo de negocio con márgenes más ajustados.
Menos oligopolio, más competencia
Nada de esto implica que las stablecoins no tengan un rol en la modernización del sistema financiero. El texto recuerda que “una razón por la que los pagos internacionales han sido históricamente tan caros es que los clientes se enfrentan a un oligopolio”. Con un puñado de grandes bancos y especialistas como Western Union dominando el terreno, las comisiones “elevadas y opacas” se convirtieron en norma más que en excepción.
Empresas como Wise y Revolut en el Reino Unido ya “han obligado a los bancos tradicionales a responder reduciendo sus propias comisiones”. Y “una avalancha de nuevos actores” en EE. UU. y otros mercados puede replicar ese efecto. La tecnología detrás de las stablecoins es “inteligente, sin duda”, pero el texto concluye que “el verdadero punto de inflexión podría ser simplemente la competencia tradicional”. En otras palabras: las stablecoins pueden ser una pieza importante del nuevo mapa de pagos, pero el cambio estructural vendrá menos de la magia del código y más de romper el oligopolio con más jugadores, más presión competitiva y más transparencia en precios.


















